
Siempre me ha resultado curiosa la historia del Titanic. El barco más grande hasta el momento, el más poderoso... que nunca se hundiría, decían de él. Fijaos si estaban seguros de ello que hasta se escatimó en salvavidas, botes... Se tenía total confianza en la máquina, algo tan sólido, jamás podría acabar así, es más, tal era la seguridad, que se permitió el lujo incluso de arriesgar. Pero por sólido que pareciera, todo aquello no era más que una falsa ilusión de seguridad. Tanta ostentación hizo que no se pensara en lo importante, en las personas. Y ahí está ahora el Titanic, en el fondo del océano. Se fué, llevándose por delante la vida de muchas personas. Personas de segunda clase, pensaban algunos... pero personas al fin y al cabo. Gente que fue capaz aferrarse a un bote. Y sólo fue un iceberg...
Y ahora lo que me importa, mi Titanic. Era sólido y fuerte, y estaba segura que duraría para siempre. Igual que en el barco... me permití el lujo de prescindir de salvavidas. Estaba a bordo de un barco que jamás tocaría fondo... ¿sería tonta?. Y aquí está de nuevo mi gran error, después de 6 años navegando sin pisar tierra firme. No sé andar sóla, me enamoré del mar y aislé en su inmensidad. Olvidé que existía tierra firme. Ya no hay marcha atrás, el Titanic se hundió, puedo buscar otros botes, adentrarme levemente en la costa, pero no estoy preparada ni dispuesta a volver a dejarme llevar mar adentro. No todos los barcos se hunden el el mar. Y aquí la causa... ni yo la sé. Muchos hablarán de lo que saben, otros inventarán. Recuerdo que los icebergs sólo muestran la punta, una pequeña parte si a comparamos con lo que queda escondido a la vista de la mayoría. Y aquí, una vez más, sólo fue un iceberg.

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